Hace frío la mañana del martes 13 de enero de 1998 en Roma, cuando Alfredo Ormando camina decidido hacia la ciudad del Vaticano. Sin embargo, al llegar a la Plaza de San Pedro se quita el abrigo y lo deposita cuidadosamente sobre las losas del suelo. Es temprano y nadie le presta demasiada atención: el reloj marca apenas las 7.30. Luego se aleja unos pasos para hacer lo que hace días tiene decidido. Con la mano derecha aferra un bidón de nafta que acaba de comprar en una estación de servicio. Se aleja porque quiere que el abrigo quede a salvo para preservar la carta que hay en uno de los bolsillos. Su último escrito, ese que pretende dejar para la posteridad.

Allí dice, con letra firme: “Pido disculpas al mundo entero por mis atroces crímenes contra esa naturaleza tan querida y profanada por el cristianismo. Pido disculpas por haber venido al mundo, por haber contaminado el aire que respiras con mi aliento venenoso, por haberme atrevido a pensar y actuar como un hombre, por no haber aceptado una diversidad que no sentía, por haber considerado la homosexualidad como algo natural, por sentirme igual a los heterosexuales e insuperable, por codiciar ser escritor, por soñar, por reír, por matar a mi madre y a un ser amado con la represión sangrienta de mi inútil existencia. El monstruo se va para no causarte más problemas y ofensas, para no hacerte sonrojar y avergonzarte con su innoble presencia, para no disgustarte y darte la espalda cuando lo encuentres en la calle”. Lo ha dejado en el bolsillo para que la policía lo encuentre.

Fuente: INFOBAE